Si es verdad que el pueblo se parece a sus representantes y si ese principio se aplica a los modales, entonces los vecinos de la capital tucumana deberían ser impuntuales y "cuchichear" cuando un ciudadano exprese su opinión sobre un asunto de interés público. O bien interrumpirlo con comentarios jocosos e irónicos, si es que antes no hubiesen atendido por enésima vez el celular.

La escena no es una hipótesis de laboratorio. No, esos comportamientos son habituales en el recinto del Concejo Deliberante de San Miguel de Tucumán, como ocurrió este martes en una sesión que comenzó con al menos 45 minutos de demora y cuyo orden del día incluyó el tratamiento del proyecto que obliga a usar la Bandera de Macha en todo acto oficial, establecimiento educativo y edificio público de la ciudad. Pero los reparos que el concejal Claudio Viña (FR) planteó respecto de esa iniciativa -finalmente aprobada- pasaron inadvertidos para sus pares José Luis Avignone (UCR) y Eloy del Pino (PJ), que conversaban alegremente en la banca de este último.

Peor la pasó Esteban Dumit (PJ), que tuvo que fundamentar un proyecto de naturaleza medioambiental mientras, a su lado, Luis Marcuzzi (PJ) hacía bromas con otros concejales del bloque alperovichista. Ajeno al jolgorio, Oscar Ramón Cano (PJ) mantenía una prolongada conversación telefónica. Ni siquiera cortó cuando Avignone, Teresa Felipe de Heredia (PJ) y José Franco (PJ) discutieron sobre la licitación de una confitería en el parque Guillermina. El debate parecía cansar al concejal Javier Morof (Unión Norte Grande), que sucesivamente peló un chicle, se lo metió en la boca, se paró y se fue.

Aunque sólo Juan Carlos Mamaní (PJ) había faltado a la sesión, apenas 10 de los 18 ediles permanecían en sus bancas a las 11.30, cuando llegó el momento de discutir la propuesta que obliga a traducir al braille los menús y cartas de los restaurantes de la capital. En ese clima confuso todavía surgió una disputa ortográfica: mientras Avignone pedía que cambiasen "sita" por "cita" en un texto promovido por el presidente Ramón Santiago Cano (PJ), este le explicaba que no correspondía insertar la fe de erratas porque había usado "sita" para referirse al domicilio de la Casa Municipal de la Cultura. "No se trata de la ?cita? que tiene usted por ahí después de la sesión", añadió Cano con sarcasmo. Ojalá todos los reveses lingüísticos fuesen de esa calidad para Avignone, a quien Marcuzzi dijo: "dejá de hinchar las bolas" (sic), después de que aquel se quejó de la falta de apoyo de sus pares. La mufa desapareció cuando, inesperadamente, sonó el "ringtone" tropical del teléfono de Avignone, casualidad que el dueño festejó casi con orgullo.

Quizá la propuesta de instalar semáforos en la esquina del jardín de infantes "Querubines" haya propiciado la única deliberación genuina de toda la sesión. La disputa, que versó sobre "técnica legislativa", dividió a los concejales entre los que querían tratar la cuestión como proyecto de resolución y los que deseaban que fuese un proyecto de ordenanza. Juntos en ese grupo, Felipe de Heredia y Avignone apelaban a la sensibilidad del Concejo. Los argumentos se perdían en el murmullo de la sala. De repente, Avignone espetó: "hagan lo que quieran. Yo espero que maten a un chico, nada más".

En la vereda opuesta -en esta oportunidad-, José Costanzo (Partido Autónomo) recordó que en la labor parlamentaria habían acordado usar la fórmula del proyecto de resolución. El discurso arrancó un bostezo sentido a Oscar Ramón Cano. Y aleccionó a Felipe de Heredia que proclamó: "nos han elegido para legislar, no para seguir un orden institucional. ¡Transgredamos las formalidades!" Finalmente, las manos levantadas con desgano de la mayoría dieron la espalda a la moción defendida por Avignone y la concejal peronista.

La discusión dejó agotados a los ediles y enseguida concluyó la sesión. Antes, Morof fue invitado a arriar el pabellón nacional, solemnidad que gozó del privilegio de 30 segundos de silencio.

Reanudado el bullicio, y mientras unos y otros salían del recinto, un oficialista gritó a un opositor: "¡dejá de renegar!" Y nadie se indignó, como si representar al pueblo fuese un juego sin responsabilidades ni efectos en el futuro de la comunidad.